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Culiacanazo, Gaytán, matanzas a diario, cero crecimiento, aerolíneas Vs. Sta. Lucía, Dos Bocas inundado… y ¡Trump al teléfono!

Golpe de Estado, viejo cuento de la inverecundia demagógica.

 

Trastorno paranoide de Personalidad: Se caracteriza por una desconfianza y suspicacia general… las intenciones de los demás son maliciosas, sospecha sin base de la lealtad de amigos y  socios; alberga rencores durante mucho tiempo.

Trastorno narcisista: Tiene grandioso sentido de autoimportancia; exagera logros, capacidades, espera ser reconocido como superior sin unos logros proporcionales; exige admiración excesiva, tiene expectativas irrazonables y presenta actitudes arrogantes y soberbias.

 

 Por GUSTAVO CORTÉS CAMPA-

En palabras de Denise Dresser: “Para alguien que se jacta de cuán bien va el país y cuán felices somos todos bajo su liderazgo, López Obrador ha resultado ser un presidente perturbado. Demasiado suspicaz, frecuentemente histriónico, presa de una peculiar paranoia que Elías Canetti describía como enfermedad  del poder.

“AMLO habitante de un mundo conspiratorio donde los villanos triunfan y los héroes terminan asesinados o removidos del poder o víctimas de un golpe de Estado. AMLO imaginándose tan transformador como el hijo de Dios y anunciándonos que morirá así, en la cruz, moralizando a México”.

Una obsesión en común encontré hace años en muchos de mis amigos egresados de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM: Cada  vez que la prensa publicaba un escándalo, grande o chico, surgía el “peligro inminente” de un Golpe de Estado organizado por la CIA.  Así, todo era consecuencia directa de una siniestra conspiración en oscuros sótanos donde los enemigos de México elucubraban la mejor manera de desbarrancar la obra del gobierno en curso, tan sólo para saber qué se siente.

Y surgía la moraleja: Todo aquel que se hiciera eco de las intrigas, las insidias  y las turbias maquinaciones de los conspiradores, se convertía, en vías de hecho, en cómplice. Eso sí, recurrían a mí para que tradujera del inglés, o bien notas de la prensa gringa o discursos del embajador yanqui. No obstante que figuraba en el plan de estudios, rehusaban tajantemente aprender inglés, para no contaminarse con la lengua del imperio. (López Obrador es egresado de la FCPS y, obvio, no sabe ni media palabra de inglés).

Jesús Silva-Herzog Márquez abunda en el mismo tema: “El reflejo que se activa con toda naturalidad en el presidente es el de la conspiración. Lo vemos cotidianamente en sus intercambios con la prensa. Ante el más discreto asomo de cuestionamiento, la reacción es cuestionar la afiliación de quien pregunta y el impacto de la sospecha. Quiéranlo o no, quienes ofrecen una visión distinta de la presidencial, sirven a las peores causas. Son títeres de esas fuerzas del mal que han estado presentes a lo largo de la historia de México. Bajo esta lógica, hacer una pregunta es preparar el terreno para un golpe de Estado… Así actúa el presidente López Obrador, así ha sido durante toda su vida pública y no ha cambiado ni un milímetro durante su presidencia. Cuando alguien le formula una pregunta auténtica, escucha una amenaza; donde se aparece un dato desfavorable, advierte intriga; cuando enfrenta una postura independiente, percibe deslealtad”.

BENDITAS MONTAÑAS QUE BLOQUEAN EL CELULAR

El jueves 17 de octubre por la tarde el presidente López Obrador emprendió el vuelo a Oaxaca. Era una huida, no del desastre en curso de Culiacán. Era una huida de la realidad cruda, indigesta, del país, y Culiacán sólo era una más de las manifestaciones, producto de alguna traición, sin duda.

Sabía ya todo lo relativo al fiasco espantoso, a la vergüenza que circulaba no sólo por el país entero, sino por el mundo, ese mundo que porfía en no conocer y que desdeña. Videos de soldados apabullados por el ataque de sicarios del Cártel de Sinaloa; soldados que entregan, sin un leve intento de respuesta, los carros tanque con combustible a los matones, porque esas eran las órdenes.

Por eso rehusó dar explicaciones a los ansiosos reporteros que le esperaban en el aeropuerto de Oaxaca: “Mañana.. mañana”, decía, con aire de molestia por la impertinencia. Y mientras tanto, Culiacán ardía ante la mirada del mundo entero.

El viernes siguiente, ante los reporteros, dijo que no sabía nada del operativo para la captura de Ovidio Guzmán López. Que la decisión de entregarlo fue tomada “por el gabinete de seguridad” y que él después “avaló la decisión”.

Un corresponsal del diario Reforma, decidido a conseguir datos sólidos, tuvo la ocurrencia de preguntar: “¿Fue Trump quien ordenó la captura?” El presidente no pudo ocultar, no la molestia, sino la furia. Se quedó inmóvil, mudo, con una expresión terrorífica en su mirada clavada en el audaz. Después de unos diez segundos en  que mantuvo en vilo a todos los presentes, soltó una frase no sólo fuera de lugar, sino ominosa: “¡Te respeto mucho!”

Acto seguido el presidente tomó camino hacia la sierra de Oaxaca, donde no hay conexión para celular ni para Internet. El presidente Trump, por lo menos en dos ocasiones, intentó entablar comunicación, infructuosamente.

¿Para qué otro asunto podría ser la llamada, sino para lo del desastre de Culiacán?

Ya en terreno comunicado, AMLO devolvió la llamada y conversó, auxiliado por el titular de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard para la traducción. (¿Por cierto: ¿Qué tenía qué hacer el canciller en la sierra de Oaxaca? Pues traducir la llamada que esperaba el presidente AMLO, aunque se fue presuroso a terrenos donde no había forma de comunicarse ¿Lo hizo a propósito? Indudablemente).

Con un tono entusiasta poco explicable, el presidente dijo a los reporteros presentes: “Hablé con el presidente Trump,  y le di las gracias por respetar nuestra soberanía”. (¡Las gracias por respetar la soberaníaaaa!)

Comentó también que hubo problemas para recibir la llamada en la sierra oaxaqueña, e insinuó que no esperaba tal llamada. ¿Entonces para qué incluía a Ebrard en la gira?

Comentó además que no gustaba de “teléfonos satelitales” por la “austeridad republicana” y que tenía suficiente con su iPhone. Pero unas 48 horas después no tuvo empacho en enseñar su nuevo teléfono satelital. (¿Regalo de la embajada?)

El lunes siguiente, el presidente se presentó en la “mañanera” con el titular del INCO para informar sobre los precios de las gasolinas, en lo que quemó unos 30 minutos. Finalmente, los reporteros que ubican en la parte trasera del salón, insistieron en lo de Culiacán. Nadie quedó conforme.

Se continuó con el tema el martes 22, en donde AMLO insistió: “Yo no estaba informado sobre el operativo que elementos de las fuerzas armadas llevarían a cabo para cumplir una orden de captura contra Ovidio Guzmán”.

La compulsión hacia la fuga se mantenía en el mismísimo salón de la “mañanera” ante reporteros estupefactos. Y reiteraba: “Yo no estaba informado, no me informan en estos casos (¡No me informan en estos casos!), porque hay un lineamiento general, una recomendación general que se aplica en estos casos… se hará un nuevo intento, pero con la encomienda de proteger a la población”.

 

LAS ADMONICIONES DEL GENERAL GAYTÁN

 Fue ese mismo martes 22 de octubre cuando tuvo lugar un desayuno en las instalaciones de la secretaría de la Defensa Nacional, con la asistencia de la plana mayor del Ejército mexicano, encabezado por el secretario, Luis Cresencio Sandoval.

El orador fue el general Carlos Gaytán Ochoa, quien comenzó su alocución así: “Se me ha concedido la palabra para expresar ante ustedes algunas preocupaciones que, en virtud de la situación actual, sin duda compartimos todos los aquí presentes”.

Y prosiguió: “Nos preocupa el México de hoy. Nos sentimos agraviados como mexicanos y ofendidos como soldados”.

Más adelante, señaló lo que todos los interesados realmente en el acontecer nacional atestiguamos día con día: “Actualmente vivimos en una sociedad polarizada políticamente, porque la política dominante, que no mayoritaria, se sustenta en corrientes pretendidamente de izquierda que acumularon durante años un gran resentimiento”.

Enseguida vino algo muy polémico, pero dicho por un oficial del Ejército, resulta explosivo: “Hoy tenemos un gobierno que representa aproximadamente a 30 millones de mexicanos  cuya esperanza es el cambio. Estado para dicho sector poblacional”.

Subrayó el general Gaytán que no se puede soslayar que el presidente actual tiene el poder legal y legítimamente, para después señalar: “Sin embargo, es que han permitido un fortalecimiento del Ejecutivo que viene propiciando decisiones estratégicas que no han convencido a todos, para decirlo con suavidad.

“Ello nos inquieta, nos ofende eventualmente, pero sobre todo, nos preocupa, toda vez que cada uno de los aquí presentes fuimos formados con valores axiológicos sólidos, que chocan con las formas con que hoy se conduce al país”.

A continuación, el general dejó de lado el tono moderado de su discurso para dar paso a la emoción, a la indignación: “Pero estoy convencido que es mi deber irrenunciable mantener invariables los principios de honor, valor y lealtad para con el pueblo de México ¡sí! Para con el pueblo de México”.

Ya con un tono alterado por la emoción, el general dijo: “¿Quién aquí ignora que el alto mando enfrenta, desde lo institucional, a un grupo de ‘halcones’ que podrían llevar a México al caos y a un verdadero estado fallido?”

Concluyó su intervención de esta forma: “Solicito a todos los presentes el respaldo y la solidaridad para mi general secretario, Luis Cresencio Sandoval y desde luego, pongo a su entera disposición mis conocimientos, por pocos que sean, y mi experiencia acumulada durante 50 años de servicio, para lo que a bien tenga determinar”.

Este discurso evidencia, si fuera necesario, que la cúpula del gobierno, en el área de seguridad pública por lo menos, cruje, ruge y se jalonea a raíz del culiacanazo, donde las humillaciones, el escarnio hacia el Ejército llegó a extremos que, por las evidencias, ya se consideran intolerables.

El discurso salió a la luz el día 30 de octubre en el periódico La Jornada (algo sorprendente, por considerarse ese diario como muy afín al nuevo gobierno).

Al día siguiente, 31 de octubre, AMLO descalificó al general Gaytán por haber sido subsecretario de la Sedena en el gobierno de Felipe Calderón y planteó una serie de obviedades: “Él tiene una visión de las cosas distinta a la que nosotros estamos llevando a la práctica”.

Pero en el desayuno quedó más o menos claro que no sólo el general Gaytán tiene esa visión. Allí estuvo la plana mayor de la Sedena, no se sabe de ninguno que haya discrepado del general Gaytán… incluido el general secretario, Luis Cresencio Sandoval.

FAMILIA LE BARON: MASACRE NÚMERO  15 DE LA 4T

El lunes 4 de noviembre, en las inmediaciones de la Sierra Madre Occidental, en los límites entre Sonora y Chihuahua, hubo una matanza de miembros de la familia de Julián Le Barón, jefe de una comunidad de mormones avecindados hace muchos años en esa zona.

Nueve niños, incluido un bebé de 11 meses, murieron acribillados, los cuerpecitos destrozados y tres mujeres. Viajaban de regreso a Dakota, EU, en tres camionetas.

Como suele suceder, la noticia comenzó a dar la vuelta al mundo. El presidente de Estados Unidos, Trump, ofreció colaboración al gobierno mexicano para combatir a los criminales.

El presidente mexicano declinó la oferta. Y con cara de  fastidio vociferó: “¡No a la guerra! ¡No a la guerra!”. Al concluir este texto aún no se difundían los agradecimientos de los criminales hacia el presidente, pero quizá dentro de pocos días lo harán. Porque los criminales están muy agradecidos con nuestro presidente humanista. Muy agradecidos.

Esa fue la masacre número 15 en este primer año del presidente AMLO. Faltan días para el primero de diciembre. De seguro habrá más. Los asesinos disfrutan de plenas garantías.

 

 

 

 

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